CUMPLIR AÑOS
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Hace ya mucho tiempo que cada vez que llega un 14 de julio, me alegro mucho. Y no, no es que me haga mucha ilusión cumplir más años, es que soy ya muy consciente de que esa es, con mucho, la mejor opción que nos puede regalar la vida.
Hace ya mucho tiempo, y después de haber pasado por diferentes y difíciles situaciones de también diferente y variada índole vital, llegué a la conclusión de que si conseguimos mirar hacia nuestro pasado y, a pesar de todo, ser capaces de seguir sonriendo, nunca estará todo, del todo, perdido.
Y hace también mucho tiempo, aunque no tanto, un buen día me di cuenta de que lo que yo sentía cada 14 de julio, además de ganas (sin ser francesa) de cantar la Marsellesa, era una desubicación espacial y temporal provocada por una particular percepción de considerable desajuste entre mi calendario vital y mi DNI. Descubierto y asumido el problema, lo siguiente, fue establecer una aproximación espacial al temporal desajuste en cuestión.
Y no fue difícil negociar y acordar conmigo misma que ese espacio debía ser algo aproximado a una década, a dos lustros, vamos, a lo que vienen siendo diez años, uno detrás de otro.
Porque con diez años ¡y de retraso! he llegado a inventarme mi actual trabajo. Y con otros diez años del mismo retraso he llegado también a tomar decisiones muy importantes en mi vida. Y lo más sorprendente es que tampoco ya me importa tanto. No importa tanto, mientras se reconozca, se acepte, se sonría ante semejantes y vitales retrasos y, lo más importante, se aproveche y exprima el resto de la vida con la intención de compensar y recuperar el tiempo perdido. Y a eso estoy dedicada últimamente. Del éxito o fracaso en esta particular empresa, ya hablaremos otro día…
Y ahora que lo pienso, son también estos últimos diez años de peregrinaje vital los que, además de dar para una novelita, más han influido y marcado mi vida.
Lo que a continuación voy a enumerar no quiere ser, ni parecer, un rosario de ensortijadas desgracias. Y no quiero, ni de broma, que así se interprete. Es, simplemente, una sucesión de complicadas situaciones vitales con las que después de cierto tiempo de perdones y de reparadoras aceptaciones, he conseguido hacer las paces. Y a las que he conseguido sonreír.
La diferencia entre aceptar o resignarse ante las penas y las contrariedades de la vida, reside, quizá, en que la resignación implica un cierto grado de difuminada amargura mientras que la liberadora aceptación nos deja en mucha más calma, también el alma.
Hace poco más de diez años me divorcié y hoy puedo decir con cierto orgullo, que estoy en paz con mi partenaire en esa larga etapa de la vida. Al final, no es tan difícil perdonarse y perdonar a quien siempre tuvo grandes virtudes y buen corazón, aunque también tuviese (desde mi personal y particular opinión) otros defectos que, en su momento, me hicieron tan infeliz como para tomar (con diez años de retraso) esa decisión. Hace tiempo escribí AQUÍ sobre ello.
Después conocí a otra bellísima persona con la que el tiempo y nuestros verdaderos gustos acabaron desajustando la historia. Hoy sigue siendo mi amigo y sigue siendo mi dentista. Es innegable que a él debo una parte del mantenimiento de mi resistente, insistente, favorecedora y genética sonrisa.
Y hace ya casi ocho años, sucedió lo que de verdad me cambió la vida. Mi única cuñada, mujer de mi único y querido hermano, se murió un día de verano. Y se murió de repente. Convertirme en una especia de madre de mi hermano, de mis sobrinos y de la mía propia, que empezaba en ese momento a perder las pocas capacidades que su enfermedad aún le permitía, creo que no debió ser fácil. Lo expreso con duda porque la verdad es que ya, gracias a nuestra maravillosa y genética disciplina familiar del “olvido de penas”, casi ni me acuerdo. Y sí que es cierto que sentir en primera persona la realidad de la verdadera fragilidad de la vida, te la cambia. Te cambia la vida. En mi caso, el cambio, creo que me ha hecho mejor persona. Ahora dimensiono mucho mejor los problemas, distingo entre problema y contrariedad y soy más tolerante con muchas personas. Con todas, todas, aún no lo he conseguido.
Tras esta lección de vida llegó la dura enfermedad de mi madre, que dadas las comprensibles circunstancias familiares tuve que afrontar bastante sola. Sobre mi madre (que es quizá la palabra más bonita del mundo) y la educación que nos dio, incluido su exceso de bechameles y oropeles, también escribí hace tiempo AQUÍ.
Tanto mi hermano como yo, hemos tenido la inmensa suerte de haber sido bendecidos por un optimismo y un buen humor también genético y por un aprendizaje de cuna que siempre nos ha hecho capaces de reírnos de nuestras penas y, sobre todo, de nosotros mismos.
Y ya que estábamos tan bien dotados para afrontar contrariedades, tuvimos que afrontar, otra vez mi hermano y yo, otra bromita de la vida. Jugarreta que a mí, y sobre todo a él, le golpeó donde más duele: en la salud de un hijo. Creo recordar que la pandemia, la distancia (acabamos viviendo en León unos meses) y el estado de mi madre, aún nos hicieron más difícil el trance. Mi mejor aprendizaje fue la lección de vida que, mirando de cara a la muerte, me dio mi sobrino. Hoy, aquel niño grande, es un pedazo de hombre y de ingeniero del que no puedo estar más orgullosa. Y puedo decir ahora, que lo que más recuerdo de aquellos largos y fríos meses, fue el calor y el cariño que de desconocidos, conocidos, y amigos, recibimos en León. Una vez más, reconozco que también ese trance contribuyó a mejorar mi particular condición humana.
Y hay quien dice que las casualidades no existen, pero al año siguiente, mi padre y mi madre después de 50 años viviendo sin hablarse y separados, fueron a morirse juntos. O casi.
Siempre me quedará la pena de haber hecho poco caso a mi padre en sus últimos años. A los pocos días de morir mi madre, le dije a mi padre (que estaba fantástico a pesar de ser once años mayor que ella) que iba a tener mucho más tiempo para dedicarle a él. Y, paradojas de la vida, tuve sólo dos meses. Dos meses escasos. Su último regalo, con 90 años, fue un libro sobre historia de las religiones que él mismo me compró y envió por Amazon, porque «me había visto un poco verde» en el asunto.
Han pasado ya cuatro años y cada vez echo más de menos sus sesudas, cultas, e inteligentes observaciones y conversaciones sobre la vida. Es cierto que las necrológicas, cuando son cronológicas, se aceptan mucho más fácilmente que cuando quiebran vidas en edades y momentos que son imposibles de entender. Cuando las vidas de los que queremos se agotan en momentos que nosotros consideramos naturales, sólo nos queda agradecer (a quien corresponda) la suerte de haberlos tenidos y la fortuna de poder sonreírle eternamente a su recuerdo.
Aceptar sin comprender. Esa quizá haya sido una de las enseñanzas más difíciles, duras y complicadas de estos últimos y reivindicados diez años de mi vida. El que consigue este logro, tiene mi admiración eterna.
Y como era de esperar y suponer aquel complicado año 2022 terminó. Y llegó el siguiente. Mi optimismo y yo, decidimos que después de tanta pena, lo que ya tocaba en justa y lógica correspondencia, era obligatoria y necesariamente, una compensatoria racha de suerte y alegría. Menos mal que no soy ludópata y apenas juego, porque lo de mi “ojo clínico” es de hacérselo mirar ¡ y por un buen especialista en oftalmología!
El 2023 comenzó y continuó convirtiéndose en el año de mis sueños, sin saber que, al final, el año de mis sueños se convertiría en el año de mis pesadillas.
Y aunque ahora me cueste tanto recordarlo como reconocerlo, ese año me enamoré como (dada mi mala y conveniente memoria) yo creo que no me había enamorado nunca en mi vida. Con el tiempo y después de que gracias a mi difunta abuela Romana me perdonase a mí misma por no haber visto las señales (esas que no debí ver ni entender porque ahora se llaman “red flags”) conseguí, después de un tiempo, hacer casi una tesis doctoral en trastornos de la personalidad y empezar a entenderlo y olvidarlo todo.
Una vez más, la vida me volvió a demostrar que para aceptar sus regalos envenenados (en este caso, nunca mejor dicho) entender, es el primer paso para llegar a esa necesaria aceptación. Después, sólo fue cuestión de tiempo y de ir conociendo otras historias para acabar siendo capaz de comprender que lo que yo había tenido en realidad, era suerte. Sí, suerte, porque dada su edad, su necesidad y su habilidad para conseguir encadenar conquistas, tuve la inmensa fortuna de no haber sido la última.
El pensamiento “Misterwonderfulero”, propio de una taza de desayuno de esas que ahora se llaman “mugs”, de que el dolor nos hace crecer, es un error empíricamente demostrado. Yo sigo midiendo lo mismo y lo mismo poco de siempre. Y aquí y en Murcia, el daño innecesario y evitable es, simplemente, crueldad.
No voy a hacer aquí, aunque podría y ganas de reírme de él no me faltan, ningún escarnio público de nadie. Sólo voy a contaros dos anécdotas divertidas e instructivas sobre como se puede superar un timo, que ni el de la estampita, a estas alturas de la vida. Porque, queridiños míos, he de confesaros que la edad avanzada en este tipo de decepciones, tan sorprendentes, como incomprensibles, como innecesarias, dificulta muchísimo la posterior digestión de las mismas.
Mi abuela siempre decía que las personas que pasan por nuestra vida haciendo innecesario e inmerecido daño, el único luto que en señal de duelo merecen, es poner, por ellas, un crespón negro en el orinal. Como afortunadamente ya no vivimos en época de crespones negros ni de orinales, yo, intentando emular a mi abuela, en vez de poner el crespón negro en mi báter, lo coloqué anudado a una obra suya. Era artista, no sé si bueno o malo, porque ni lo soy ahora, ni tampoco antes fui objetiva. Lo que sí sé es que era es mucho mejor artista que arquitecto y muchísimo mejor arquitecto que …………
Pasado un año exacto retiré el crespón y retiré también su obra de la pared de mi casa. Así son los duelos, y así es la vida. Y un día, al cambiar la «duelística» obra por otra, me di cuenta de que cambiando un simple cuadro por otro, también, yo misma, cambiaba mi vida.
Y el definitivo final de aquel triste proceso del duelo del timo, también tengo que agradecérselo a mi abuela Romana, que desde que murió, vive pendiente de mí. Esta vez, en vez de aparecérseme ella a los pies de mi cama como tiene por costumbre, me mandó a un enviado especial: Manquiña. Y el hombre de la «subganmachine» se me apareció, cual Virgen de Fátima, a la vera de mi cama, reinterpretando en exclusiva para mí aquella inolvidable escena de la película Airbag. Y así, en aquel bendito sueño, llamándome bien clarito por mi nombre y con aquel acento inolvidable, Manquiña me susurró al oído aquellas tres míticas, únicas y redentoras palabras: «Carmiña, un profesional»
Así fue como comencé a reírme de toda aquella historia y sobre todo, cómo comencé a reírme de mí. Ya han pasado casi 3 años y, buena señal, se me antojan ya una lejana eternidad. Creo que hasta hoy, no le había dado las gracias a mi abuela por su ayuda. Esta en una buena forma de hacerlo.
Y en estos dos últimos años de los diez que tengo en irremediable pleito con mi DNI, han seguido pasando cosas. Para no continuar en modo plañidera, otra vez dos sustos grandes muy, muy cercanos a mí. Por suerte, a día de hoy, tienen un magnífico diagnóstico y un aún mejor pronóstico.
Y como mi abuela desde arriba, y el reparador paso del tiempo por abajo, han hecho su trabajo, os contaré que casi o sin casi, pero de forma muy distinta, fui capaz de volverme a enamorar. O casi. Se ve que para quitarme a mí las ganas y la alegría, hay mucho que pelar.
Esta vez fue de una magnífica, buena, interesante y atractivísima persona y aunque tampoco al final pudiese ser, las condiciones personales y la categoría humana del candidato en cuestión, cambiaron completamente el sentido y el final de este tipo historias. A veces, en la vida, simple y tristemente, algunas personas no están disponibles. Esa también es toda una enseñanza vital. Y si hay algún mal pensado pensando que el fue el matrimonio la causa de tal indisposición, he de aclarar que yo soy más que escrupulosa con los vínculos. Con los ajenos, más incluso que con los propios.
Por el camino, en mi aventurero empeño de encontrar el arca perdida, me he dado cuenta de que quizá mi búsqueda está más cerca de la de Sísifo que de la de Harrison Ford. Aún así, sigo sin perder la esperanza de encontrar a alguien con ganas de vivir mucho e intensamente y que quiera compartir su vida (en modo fijo discontinuo, eso sí) conmigo.
Examinados todos los segmentos de candidatos posibles, puede que mi fallo esté en no haber prestado suficiente atención al de los viudos. La verdad que no me veo yo leyendo las esquelas en el «Faro de Vigo» y dejando la tarjeta de guisándome la vida por los tanatorios de la comarca.
Y bromas aparte, por el camino, en estos diez años he conocido a tipos estupendos que, a falta de no ser otra cosa, acabaron, que no es poco, siendo estupendos amigos. Porque de cuidar a mis amigos, de mantenerlos desde la infancia, desde la universidad, desde mis trabajos y desde distintas etapas de mi vida, de eso y por eso, sí que me siento de verdad afortunada y orgullosa.
Y todo este terapéutico testamento se me ha desparramado entre ayer y hoy aquí, causado por un sexagésimo segundo cumpleaños que debería ser quincuagésimo, pero que, mal que me pese, sé bien que no lo es.
Ahora, mientras releo lo escrito, sonrío. Me sonrío a mí, sonrío a la vida que, con infinitas ganas me queda por vivir y compartir y también, sonrío esperanzadamente a lo mucho que me queda por aprender y por descubrir. Soy más que nunca consciente de que hoy estoy en el mejor momento de mi vida y de lo que me queda de ella.
Y ya puestos a sonreír, os sonrío a todos los que habéis llegado leyendo hasta aquí. A los (más bien las) que me decís que echáis de menos mis reflexiones de rubia aquí y por escrito; a vosotras también os sonrío.
A los que estéis pasando por malos momentos en vuestras vidas os envío un cálido y sonriente abrazo. Y a los que los estéis pasando buenos, pues aprovechadlos, saboreadlos, agradecedlos y, sobre todo, compartidlos.
Hace mucho tiempo que me consta que la felicidad es contagiosa y que es, además, la única epidemia que deberíamos anhelar en nuestras vidas…


17 comentarios
Carmen, solo un pequeño reproche: en todo ese repaso de quienes marcaron tu vida, te has olvidado de mencionar la huella que tu has dejado en los demás, y que forma parte de tu historia también. Seguro que daría para escribir muchos libros y muchas frases positivas en tazas de Mrs.Carmen in the wind (Las de Mr. Wonderful están sobrevaloradas). Feliz cumple y feliz Santo!!!
Qué gusto da tener amigos como tú, Roberto. De que eres el genio creador de mi IA, no diremos nada.Guárdame el secreto, anda…
¡Felicidades, Carmen! Te admiro, de mujer a mujer.
Pues muchísimas gracias de la mujer receptora a la mujer emisora. Y gracias también por leerme y comentar
Felicidades, Carmen por esos 62 años tan bien llevados, por tu santo (escribo estas líneas siendo 16 de julio) y por esa magnífica actitud vital. Me alegro mucho de que también sean magníficos esos pronósticos de los que hablas. Un beso
Son, son muy buenos y alentadores y sé que te alegras de verdad. Gracias por estar ahí…
Para lo que nos ha pasado hemos salido muy bien y muy guapos. Te quiero mucho hermanita. Un beso enorme 😘
Pues estoy de acuerdo contigo, chiquitín. Ni tan mal hemos salido para las plazas en las que nos ha tocado torear. Tú de maestro y yo de subalterno.
Yo tambien te quiero (y admiro) mucho, hermanito.
Me ha encantado como cuentas tu vida, hay algunas similitudes con la mia, no en el amor de pareja ( gracias a dios) que llevo 47 años casada, tengo 2 hijos y 2 nietos. Con mis hijos he pasado verdaderos disgustos de salud, sin entender por que en niños tiene que pasar esas atrocidades, (superadas) siempre te dejan huella. Pero con esas dos joyas que tengo chiquitines es como si dios me premiara por el pasado.
Estoy orgullosa de ti por que tienes el valor de ayudar a la gente con tu sonrisa aunque tu no te des cuenta.
Me encanta ver todo lo que publicas.
GRACIAS….🥰🥰🥰🥰🥰
Muchísimas gracias por comentar aquí, Lourdes.
Me alegra que la vida te haya compensado los sinsabores ya pasados. Yo intentaré seguir sonriendo mientras espero mi turno. En cuanto me toque, os lo cuento…
Pues si Carmen , a llenar la vida de colores , contigo cerca siempre es más fácil ! A ver si en esta vuelta al sol se cumple la utopía , ya tu sabes … muchos besos !😘
Y tú que lo veas, si es que se realizase el milagro. Un beso grande, grande.
Impresionante Carmen, cuántas emociones leyéndote!
No me puedo imaginar lo duros que han tenido que ser esos horribles años. Y aún así, seguís sonriendo. Sois admirables
Por cierto, cómo me alegro que hayas quitado el puñetero cuadro de tu salón!!! (La verdad es que bonito no era )
No es mérito nuestro, Leti, vinimos así ya de serie. Pero intentaré seguir sonriendo y tener mas gusto a la hora de adquirir piezas de arte…
Gracias por comentar
Querida Carmen, que gustazo leerte, ha sido del tirón igual que el otro que habías escrito del desamor que tuviste hace unos años, tus reflexiones son extraordinarias y te admiro un montón por tu increíble optimismo, ya puede ser grande el mazo que te da,que tú resurges como el Ave Fénix !!! Deberías animarte a escribir un libro, te aseguro que se vendería muy bien.
Yo ya he cumplido los 69 y llevo 51 (45 casados y 6 de novios)con el hombre más maravilloso que te puedas imaginar, de corazón te deseo que la vida ponga en tu camino un hombre así, que te respete,admire y quiera por encima de todo y de tod@s como es mi caso y que yo tengo muy claro por todo lo que has vivido M, que tú te mereces un “Toño💗” en tu vida!!!
Te mando un inmenso abrazo con todo cariño!!Bego💐
No me puede parecer mejor tu deseo, Begoña. Ojalá apareciese un Toño en mi vida. Nunca pensé que fuese más fácil encontrar un unicornio que un hombre atractivo y también disponible.
Seguiré buscando…
Gracias por tu comentario y por dejarlo aquí
Eres un AMOR, Rubiña. Te conozco desde hace mucho y ese corazón tan grande que tienes NO ha cambiado, para mí es lo más importante.
Estar viva y con una vida tan rica como la que tienes, ya es el mejor regalo, créeme. Un bico, guapa.